Un error en la Matrix
Una reflexión acerca de lo real y lo accidental en fotografía.
Por Freddy Briones Parra
Nota:
Este artículo fue escrito originalmente en agosto de 2026 para la primera edición impresa de BackFocus Zine, un fanzine de fotografía dedicado a reflexionar acerca del vínculo entre fotografía, imagen y nuevas tecnologías y publicado posteriormente en su sitio web. Para esta versión digital me tomé algunas libertades editoriales personales.
Aquí puedes ver la versión original.

Un error fotográfico que nace de la intención de capturar un instante y no estar preparado para el momento.
Desde sus inicios, la aparente precisión de la fotografía llevó a instalar la idea de que la cámara era una especie de testigo imparcial, una máquina precisa e incuestionable, incapaz de mentir. Una idea que le dio un gran prestigio como evidencia de realidad o como documento histórico. No obstante, con el paso del tiempo se fue haciendo evidente que la objetividad fotográfica era más que nada una construcción social y cultural. La elección del instante, el punto de vista, la iluminación o el contexto modifican radicalmente el posible significado de una imagen, inclusive aunque no exista una intención deliberada de manipulación. La idea de que una fotografía es prueba irrefutable de la realidad, de que una imagen vale más que mil palabras, se instaló como una verdad absoluta, se extendió a un nivel global como una enfermedad invisible, de la cual hemos ido de a poco haciéndonos conscientes, aceptando y despertando del interminable letargo. Hoy, debido al acelerado avance tecnológico y la toma de poder casi absoluto de las redes sociales, podemos ver atisbos directa o indirectamente de esto. Incluso sin ser lo suficientemente observadores se nos muestran cosas o situaciones incongruentes, o sea, que nos dicen una cosa pero nos muestran otra, que se muestra una edición, un recorte, una cámara lenta de algo y se nos intenta manipular y confundir para que creamos que lo que nos ponen por delante es la verdad y la realidad absoluta, y lo verdaderamente terrible es que para muchos de nosotros sí se convierte en una realidad absoluta. Hace poco, en un pasado relativamente cercano, tuvimos la experiencia del Mundial de Fútbol, que dejó evidencias de una manera desproporcionada y obscena de cómo se utiliza la imagen para manipular. Las personas ya no somos tan ingenuas como ¿hace cuánto? (10 años atrás o quizá menos). Los mismos avances tecnológicos, el inevitable acceso extremo a la información como a la desinformación y el reciente cuestionamiento acerca de la inteligencia artificial generativa, hace que lo queramos o no, estemos más entrenados, más atentos a cuando nos intentan poner el anzuelo en la boca.
Una imagen imperfecta puede comunicar con mayor intensidad otros aspectos más implícitos que una fotografía técnicamente impecable, como la experiencia del tiempo, la memoria, o incluso describir y plantear matices psicológicos.
Lo que se considera correcto en fotografía ha estado siempre ligado más bien a aspectos técnicos como la nitidez, la fidelidad tonal, el correcto enfoque y a su extraña y engañosa capacidad de reproducir el mundo con una máxima precisión. Sin embargo, con el paso del tiempo en un estado más avanzado de la fotografía, ya instalada como disciplina, comenzó a surgir otro tipo de argumento, que plantea que una imagen imperfecta puede comunicar con mayor intensidad otros aspectos más implícitos que una fotografía técnicamente impecable, como la experiencia del tiempo, la memoria, o bien describir y plantear ciertos matices psicológicos de alguna escena o de algún personaje.

Jacques Henri Lartigue. Grand Prix of the Automobile Club of France, 1912.
Ahora. Bajo esta idea. ¿Quién decide o bajo qué parámetros se cataloga una foto como errónea? Eso tal vez dependa del punto de vista en que lo vea el observador (que en este escenario bien podría ser el mismo fotógrafo). Es decir, un mismo accidente visual, como puede ser una trepidación, una torpeza en el encuadre, una sobreexposición o el efecto de ojos rojos, puede ser una foto errónea de descarte para un cierto tipo de fotógrafo, un recuerdo valioso para alguien, o todo un descubrimiento para un artista. Esto considerando que muchas de las decisiones en fotografía al mismo tiempo dependen de la funcionalidad que esta tenga como imagen en un contexto específico, y esto no necesariamente se refiere a contextos profesionales, ya que tanto una fotografía comercial, una fotografía documental o policial, como una imagen de adorno para tapar un hoyo en la cocina cumplen cada cual una función específica. Dependiendo del cristal con que miremos y el entorno en donde se mueva la imagen la línea entre lo que es correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, lo aceptable o lo inaceptable comienza a desdibujarse y no es para nada extraño plantearse en nuestra mente la pregunta de ¿quién decide qué es lo correcto o lo incorrecto?

Un accidente visual, que sin embargo, es capaz de transmitir una experiencia.
Volviendo al accidente visual en fotografía y a la precisión técnica del medio, probablemente hay muchísimos más y versiones diferentes de la historia, pero uno de los hitos que siempre se marca como fundamental en esta idea, fue el accidente «fatal» e irreversible en un laboratorio al momento de revelar las fotografías del Desembarco de Normandía de la Segunda Guerra Mundial de Robert Capa. Por la prisa y el contexto mediático las fotografías técnicamente quedaron arruinadas por completo, sin embargo, al ser las únicas evidencias visuales del escenario de la historia, fueron publicadas de igual forma. Lo interesante fue que las fotografías con todos sus errores e imperfecciones tenían una carga simbólica y emocional que iba mucho más allá de la simple representación gráfica. Las imágenes eran capaces de transmitir la crudeza del conflicto. Comenzó a suceder que, como señala Michael Freeman, «…el fotoperiodismo, durante las primeras décadas, cuando las cámaras y las películas no tenían tanta capacidad para capturar imágenes en condiciones extremas de luz y movimiento, imperfecciones como estas se convirtieron en un rasgo que denotaba autenticidad». Probablemente la historia de las fotos de Robert Capa es la más conocida y la más publicitada, pero no es ni la única ni la primera.
El error como recurso fotográfico
Posteriormente el error fotográfico fue evolucionando de ser considerado un simple defecto técnico a aprovecharse como un recurso creativo que de alguna manera potencia la fotografía y comienza a utilizarse de manera deliberada, ya que muchos fotógrafos comenzaron a visualizar que este abría portales creativos antes inimaginables y lo que antes era material de descarte por comprometer la realidad se convirtió en un medio para explorar las capacidades ocultas de la fotografía. El error pasó de ser un obstáculo a convertirse en una herramienta para la experimentación creativa, como un recurso a través de la serendipia, que se define como el encuentro de algo valioso por accidente y comienza poco a poco a desdibujarse y a cuestionarse la idea de la fotografía como reflejo incuestionable de la realidad y de su supuesta objetividad para demostrar que la imagen es producto de un dispositivo manejado por el autor. Así muchos fotógrafos comenzaron a distanciarse de la fotografía puramente utilitaria y tradicional, en la búsqueda de libertades más expresivas y artísticas.
El error pasó de ser un obstáculo a convertirse en una herramienta para la experimentación creativa.

Experimentación y búsqueda deliberada del error fotográfico.
Comienza así a cambiar la perspectiva en donde el azar, la serendipia y el error son buscados a veces incluso sistemáticamente y hoy podríamos decir que incluso de manera anacrónica, mediante el uso de dispositivos utilizados fuera de época como las cámaras estenopeicas, las cámaras lomográficas, los rollos vencidos entre muchos otros recursos inclusive digitales o a través de la mezcla de medios. Es interesante ver cómo lentamente a través del tiempo y de la historia, un defecto evolucionó hasta convertirse en un recurso creativo y hoy, con el acelerador tecnológico pisado a fondo y sin freno va transformando todo lo reciente en obsoleto antes de que podamos ser realmente conscientes de ello.
El error es intrínseco de lo humano
Desde los inicios de la filosofía práctica, ya se hablaba acerca de que el error es inherente e inseparable a lo humano. Posteriormente algunos también atribuyeron la perfección a lo divino o a Dios y lo imperfecto a lo mundano y a lo diabólico. Hoy, con las nuevas tecnologías que van emergiendo y con la introducción de la IA en prácticamente todas las áreas, vuelve a retomarse esta idea del error como algo inherente a lo humano; sin embargo, se asoman nuevas discusiones y cuestionamientos, ya que cualquiera que utilice o haya utilizado inteligencias artificiales para lo que sea, puede darse cuenta de que, al igual que las personas, se equivocan, se confunden, cometen errores y nos mienten de maneras similares a como lo hacen las personas o los niños inventándonos historias y dando vuelta argumentos si les hacemos ver que lo que hacen o nos dicen es erróneo o que lo que están haciendo va por otro lado. Nos endulzan el oído, por así decirlo, nos dicen que nuestras ideas son maravillosas, se desdicen y simulan estar a nuestro favor, por lo que, tal vez por primera vez en nuestra historia, perfectamente podríamos comenzar a poner en tela de juicio esas ideas y comenzar a argumentar que el error deja de ser de una vez por todas algo propio de lo humano: nos están imitando a un nivel tal de perfección hasta en lo imperfecto. Tal vez sus alucinaciones no sean más que un eufemismo para no atormentarnos con la idea de que sí son capaces de imaginar cosas y que si les damos instrucciones con lagunas de ambigüedad, llenan esas lagunas con imaginación de la misma manera en que lo hacemos los humanos, y que, de hecho, es una de las características que nos llevó por evolución a vernos y considerarnos como algo separado y superior del resto del reino animal. Estamos siendo simulados, y nos guste o no, lo queramos o no, lo veamos o no, la marea seguirá subiendo sin parar, y mucho de lo que creíamos y creemos concebir se está resignificando y reconfigurando. Tal vez sea un buen momento para volver a pensar y comenzar a repensarnos, ya que incluso el dominio del error lo estamos perdiendo.
Estamos siendo simulados, y nos guste o no, lo queramos o no, lo veamos o no, la marea seguirá subiendo sin parar.

Fotografía de un aficionado anónimo de un álbum de principios del siglo XX.